A veces es complicado explicar para un jurista el funcionamiento del sistema, uno no llega a comprender que existan derechos para aquellos que niegan los más básicos a los demás. Lo humano es pensar que el ojo por ojo diente por diente es, quizá la justicia más justa ( si se me permite el juego de palabras).
A priori parece proporcional que si alguien roba, se le quite lo robado y otra cosa de igual o parecido valor, si alguien hiere se le infrinja una herida de igual intensidad… claro que con este sistema olvidamos algo tan básico como las “circunstancias”.
Sobre la justicia hay muchas frases que en el acerbo popular se repiten y quien las dice recibe la aprobación de todos como si hubiera expresado una verdad de esas que definen el mundo. Un ejemplo es aquella que dice: robas un millón de euros y no te pasa nada, robas una gallina para comer y te meten en la cárcel.
Quizá el que robe la gallina para comer, se meta dentro de la propiedad de una persona, con un palo, salta la valla del jardín y el perro del propietario ladra, el ladrón de gallinas, le pega un palazo y lo mata. Alterado, el dueño de la casa lo ve asustado, desde la ventana, temiendo por su familia y decide no salir. El que roba un millón de euros, lo hace, por ejemplo, desde un ordenador. ¿Quién ha puesto en riesgo más cosas, el tio desde el ordenador o el que entra para robar una gallina pero poniendo el peligro la integridad y la vida de las personas? .
El proceso penal, es uno de los más difíciles de entender, sobre todo tras la sentencia de Marta del Castillo.
Cómo cuatro jóvenes han conseguido ocultar el cuerpo de la pobre Marta del Castillo a la policía y mantenerla en jaque, , hasta tal punto que, al no existir pruebas concluyentes de su inculpación han sido absueltos salvo Miguel Carcaño asesino confeso de la niña.
En este caso hay una verdad indiscutible: Marta del Castillo ha desaparecido; hay una confesión de asesinato, confesión que le ha valido al juez para condenar a Miguel Carcaño y un montón de pruebas circunstanciales o no que han sido, a tenor del fallo de la Sentencia, insuficientes para llegar a más.
Hay una verdad incontestable: Marta debería estar y no está. A decir verdad no sabemos con seguridad, con certeza matemática si está muerta o no, porque no han hallado el cadáver, sabemos que está muerta porque uno ha confesado haberla matado.
El Estado de Derecho atribuye unas normas de proceder que son para todos, lo que garantiza que el que acusa tenga que demostrar lo que acusa y evita los estados policiales donde se usa la justicia a favor de quien manda.
Esto, que suena a palabrería de leguleyo, distingue los estados modernos de las dictaduras, ahora bien, tras esto, existe otra realidad, también muy importante.
Las leyes han de estar en consonancia con la realidad social y han de dar respuesta a los problemas ciudadanos. Es un clamor desde hace muchos años que la ley del menor y el código penal han de ser más severos en ciertos delitos.
Los políticos han hecho oídos sordos sobre este clamor, también instruidos por cierta corriente buenista que entiende que el delincuente ha de ser entendido y educado o reeducado. Y no es así. El delincuente ha de tener las garantías procesales que sea menester, pero el delincuente ha de pagar en proporción al delito que comete y hoy con Marta del Castillo, con esta sentencia, queda una sensación de injusticia y de falta de proporcionalidad que va a ser difícil explicar por mucha argumentación jurídica que nosotros, los juristas, podamos aportar.






